Sorprende leer el siguiente texto sobre la tecnología y su buen o mal uso en perspectiva de 10 años, sobre todo este 2020 catastrófico por la pandemia, en que la instrucción escolar y universitaria ha derivado a telemática y el pueblo que puede está en los refugios antivirales: casas grandes y casas pequeñas, palacios de ricos y chozas de pobres, como en los tiempos de los fenicios: la nobleza con grandes espacios y recintos y con el usual distanciamiento social; otros en espacios y recintos mínimos, hacinados y en riesgo social y por ende sanitario.
Ese texto publicado en la Revista Mensaje en mayo de 2009 advertía sobre los peligros de la tecnología de redes sociales, además de los rasgos generacionales que la hacían adictiva y riesgosa.
Esa relectura con este foco pandémico, contaminado por riesgos e incertidumbres, estresado y desgastado por la historia de conflictos sociales pasados y recientes, me lleva a reflexionar nuevamente sobre lo que Robert Musil en la novela "El Hombres sin Atributos" llamaba el reino de las posibilidades.
A propósito de los asertos y advertencias del texto citado a continuación, decir hoy que la tecnología es de gran ayuda para la humanidad no es novedad desde los tiempos de la invención de la rueda. Ya se sabe que en otros tiempos fueron flechas, hoy cañones y en el futuro quién sabe qué rayos ultrasónicos o de fotones servirán para la guerra de las galaxias auspiciada por la prensa reaccionaria, como diría con humor el poeta Nicanor Parra según el sentido de su poema "Los Vicios del Mundo Moderno."
Incluso hoy han habido en mi generación alusiones y recuerdos sobre el humor del comic televisivo de los años 60, resignificándolo como profecía de los avances tecnológicos actuales: "Los Supersónicos".
La pandemia actual sucede en otro escenario tecnológico, diferente a la pandemia de 1918. Ventiladores mecánicos, computadores personales, celulares y otros aditamentos hoy son de gran ayuda para enfrentar los desafíos sanitarios y comunicacionales, sin embargo, aun así subsiste una tensión semejante a la que sufrió el pueblo judío esclavizado en tiempos de los faraones: sometimiento de la esclavitud o libertad en la tierra prometida de la abundancia.
Da la impresión que por más que el ser humano se autodefina o pretenda ser protagonista de su vida, hay momentos y acontecimientos que nos recuerdan, casi con campanas y trompetas, que la humanidad es un evento cósmico en la inmensidad del universo a la que le suceden cosas al margen de su voluntad, desde nacer hasta morir.
Y no son solo determinaciones, esclavitudes u opresiones de diversa índole y magnitud que vive el pueblo, sino que acontecimientos de vida que suceden sin consulta previa y que marcan los caminos y trayectorias, por ejemplo, los avances tecnológicos que influyen en los comportamientos diarios y en las estrategias sociales, políticas o económicas. La aparición de la TV o el computador o el celular, así como sucedió con la imprenta de la era de Gutenberg, han influido en las conductas humanas del mismo modo como la tentación de una manzana nos echó del paraíso y viró a la humanidad hacia rumbos desconocidos. Hoy la disrupción de esta pandemia, que está marcando a varias generaciones coetáneas y contemporáneas, impactará en el futuro determinando rutas y decisiones vitales, influirá en usos y costumbres.
En medio de esta nueva expulsión del paraíso que estamos sufriendo como humanidad peregrina y viajera por la galaxia, en este caso echados del triunfalista neoliberalismo del supuesto placer y crecimiento infinito, a mi modo de ver siguen siendo válidas y actuales las interrogantes y reflexiones de Segismundo en el encierro de la torre, el protagonista de "La Vida es Sueño" de Pedro Calderón de la Barca, 1635, tiempos del Barroco de las ilusiones y de las decepciones, pero también de la grandilocuencia y la desmesura.
"Sueña el rico en su riqueza
que más cuidados le ofrece;
sueña el pobre que padece
su miseria y su pobreza;
sueña el que a medrar empieza,
sueña el que afana y pretende,
sueña el que agravia y ofende,
y en el mundo, en conclusión,
todos sueñan lo que son,
aunque ninguno lo entiende."
Si se juega a personificar la naturaleza y la historia, podría intuir que hay ánimo de sorna en acontecimientos y laberintos insondables de vida. Impresiona el universo o la divinidad imaginada no solo como omnipotente y omnisapiente, serio, respetuoso y responsable, adusto como iglesia románica; sin embargo, también podríamos atribuirle un sentido del humor lúdico e irónico, a veces cruel y alevoso, también amoroso y misericordioso, a lo menos cambiante o impredecible como los pronósticos del clima, las políticas económicas, o los movimientos telúricos.
En estos tres meses tóxicos se muestra que lo que ayer podía ser incierto y riesgoso en la tecnología, hoy quizás se ha acentuado u obviado por necesidad apremiante, urgencia de la situación concreta, pero al mismo tiempo esa presunta amenaza tecnológica se ha solapado porque esta herramienta se ha transformado en el ídolo de los tiempos: desde la maquinaria de salud hasta la comunicacional para trabajar y estudiar por medios telemáticos.
Niños y adultos estamos obligados a comunicarnos, enseñar, estudiar, trabajar, vender y comprar a distancia a través de medios que hasta febrero del 2020, no estaban masificados como ahora, aunque todavía el alcance es insuficiente. Nos está pasando esta pandemia y el pueblo a través de autoridades y médicos hace de todo para enfrentarla y resolverla. Tiempos de riesgo e incertidumbre que muestran la condición humana, así como en la novela "La Peste" de Albert Camus, en que también se observa el enclave libertad, condenación, solidaridad.
Quizás mucho de lo que le pasa a un ser humano podría decirse que le ocurre sin que nadie le pregunte por su opinión ni por su decisión ni menos por sus sentimientos. Nos acontece ser engendrados en un útero y también nos ocurre que nacemos en un lugar y en unos momentos del día y de la historia. Incluso, si somos aficionados a la astrología o al tarot y otros métodos de análisis y viaje por el tiempo, se acentúa la sensación determinista. Desde el cuerpo materno que nos ayuda a desembocar en la historia, nuestro propio cuerpo, la familia que nos recibe, la ubicación geográfica y social, son sucesos que nos van llevando como hojas por el río de la vida.
Hoy sin tener arte ni parte estamos como pueblo condenados al encierro y a sufrir los peligros de la intemperie, y mientras las aves vuelan en libertad, la humanidad sufre flagelación y enclaustramiento, y no solo en sitios cerrados, sino que también en sitios expuestos o en pleno campo abierto. Es el símbolo en vivo del laberinto, tan significativo en la narrativa de Jorge Luis Borges.
Así también hay hazañas y derrotas ajenas y propias que nos afectan, actos heroicos que nos ayudan, como por ejemplo los equipos de salud que salvan vidas, y otros sucesos de distinto calibre que nos impactan de modos diversos.
Abundan ejemplos de lo anterior, aunque nuestra mente desee obviarlos porque eso no nos gusta y optamos por imaginar o creer que siempre somos héroes de nuestra vida y que por lo tanto tenemos total libertad para decidir lo que nos pasa, como si todo se redujera a vender y comprar lo que cada uno desea, y que en consecuencia somos enteramente conscientes y responsables de nuestros actos.
Esa imagen de consciencia absoluta y de radical libre determinación es tan imaginario como la mujer o el hombre imaginario del sentido del humor parriano, quizás sea un buen un discurso liberal, pretencioso y arrogante como estatua ecuestre, ilusorio como un sueño, pero esencialmente vano según la simple y sencilla observación en la pedestre realidad de la Tierra, en la calle.
En la clásica dramaturgia española del Barroco se propone el conflicto entre libre albedrío y predestinación. Triunfa la libertad. Por ejemplo en "La Vida es Sueño de Pedro Calderón. Segismundo niño e inocente fue encerrado en una torre porque las estrellas habían augurado que mataría a su padre y se tomaría el poder. Pedro Calderón va acomodando su libreto para que todo confluya en la liberación y en la reconciliación, sin embargo, sabemos que la vida terrestre del pueblo es compleja y determinada por coordenadas en las que nada ha tenido que ver o hacer. Segismundo declamaba con dolor en la torre carcelaria en que había sido encadenado desde su nacimiento.
"Nace el ave, y con las galas
que le dan belleza suma,
apenas es flor de pluma,
o ramillete con alas,
cuando las etéreas salas
corta con velocidad.
negándose a la piedad
del nido que deja en calma;
¿y teniendo yo más alma,
tengo menos libertad?"
Es cierto, siguiendo la voluntad vital de Miguel de Unamuno, queremos creer que los humanos tenemos libertad y no determinación ni destino prefijado, pero quizás solo son algunos los momentos en que el universo parece preguntarnos por nuestra decisión y testimonio personal. Hoy influido por las medidas político-sanitarias me pregunto por analogía con cifras diarias de contagiados y fallecidos, cuál es el porcentaje de incidencia del libre albedrío o libre voluntad en la vida humana? ¿Ese porcentaje es relativo a la zona geográfica o a los estratos sociales?
Asimismo, aquí con honestidad intelectual, y no con deseos voluntaristas, puedo interrogarme qué coordenadas se han cruzado antes y durante nuestra biografía para llegar a la decisión de vida que estamos asumiendo en el aquí y ahora de la inmediatez de nuestro cuerpo, mente y espíritu en la verdad insondable e infusa del alma?
Jesús conoce a cada uno y sabía que somos en esencia simplones e ignorantes; en la cruz invocó la misericordia de su Padre y dijo "perdónalos, Señor, porque no saben lo que hacen".
¿Qué culpa o responsabilidad ha tenido el pueblo en los sucesos bélicos en que ha sido víctima de los horrores indescriptibles? La humanidad ha sido masacrada por generaciones por sucesos en que no ha tenido ninguna decisión. Ni siquiera los que decidieron las guerras pueden declarar que sus declaraciones bélicas fueron actos libres y bien pensados en sus respectivas historias personales y sociales.
¿Qué culpa o responsabilidad tiene el pueblo este año desgraciado por la pandemia, que está asesinando inocentes, enfermando al pueblo y que además ha coartado ese pequeño espacio y lapso de movimientos que tiene la humanidad condenada o agraciada por la biografía de los ancestros lejanos y cercanos?
Tal vez haya solo una mínima diferencia entre el genocidio bélico y el que produce una enfermedad masiva. En las guerras los soldados que sufren y mueren podrían obtener reconocimientos y medallas por actos sobresalientes, incluso subir a la categoría de héroe y lograr postumamente una estatua ecuestre en la memoria del presente y el futuro. Pero enfermar y morir en una cama de hospital no tiene temperatura de heroísmo ni de gloria. Es una suerte de fusilamiento o de disparo por la espalda. El virus actúa a traición; es un felón de película de bandidos. Se mete por cualquier resquicio, escarba células como un maldito roedor y contamina el cuerpo sin que la víctima pueda reaccionar y sanar con una simple decisión de su presunta libre voluntad.
Las torturas chinas o de la inquisisión española no pudieron ni pensar ni imaginar esta condena kafkiana en contra de la inocente humanidad que puebla este planeta adonde fuimos lanzados, aún sin que sepamos por qué ni para qué, salvo lo que imaginan las interpretaciones filosóficas o religiosas. En el enfermo víctima del virus, que quizás venía arrancando o a lo menos trataba de protegerse con mascarillas, guantes, escudos faciales, higiene, ya no hay oportunidad de actos heroicos, salvo la agonía del cuerpo que lucha por su vida.
La palabra agonista significa luchador. Agonía es el último estertor o combate del cuerpo por la vida, porque el cuerpo quiere sanar y vivir. Enfermedad vejez y muerte suceden impunemente, son acontecimientos que la humanidad sufre tarde o temprano, sin embargo, en la pandemia se muestra la intubación en estado de coma, el tratamiento urgente, las condiciones infrahumanas en que se da esa batalla que connota mucho más una condena y bajada al infierno, que acciones personales conscientes y responsables para salvar la vida o acometer en una fortaleza enemiga. El virus que afecta a la humanidad en cierto modo nos reduce a nuestra condición animal más básica, tal como cuando un criadero de aves o de salmones es afectado por una infección apocalíptica.
¿Adónde podría encontrarse la gloria y el heroísmo en un enfermo que sufre esta catástrofe y sedado e intubado ni siquiera puede levantarse y combatir conscientemente como un gladiador o un caballero andante?
Hoy además de los sistemas políticos y económicos, al pueblo hoy también le sucede la tecnología UCI y la implicada en las redes sociales. En este trastorno de vida pandémica hubo que expulsar a niños y jóvenes desde las escuelas a las casas. Lo que hace tres meses era concebido como castigo escolar: irse suspendido para la casa, hoy el bizarro humor del universo lo ha transformado en rutina, y la expulsión del paraíso hogareño protegido hasta donde se puede, sería el retorno a clases, a los peligros de contaminación virosa.
Adonde ayer se vio peligro inminente en el abuso adictivo de la tecnología, aunque este sigue latiendo oculto bajo cuerda, hoy se ve como un arca de Noé, tabla de salvación en tiempos de mar proceloso de la confusión babeliana de lenguas en tiempos de pandemia, que nos lleva a alejarnos del mundanal ruido, como diría Fray Luis de León mediante su poema "Oda a la Vida Retirada".
¡Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruido
y sigue la escondida
senda, por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo{han sido...!"
Al pueblo nos sucede esta historia en pandemia que aún nos sorprende y asusta desde marzo de 2020 en Chile; antes en China y Europa. Nos está pasando y estamos sufriendo esta infección sin que el pueblo haya movido un solo dedo o pie para generarla. Incluso a menudo la persona que se infecta y contamina al resto de los cercanos, sigue siendo inocente de lo que le pasa o del efecto tóxico de su saliva a su alrededor, hasta que inicia síntomas. Este acontecimiento muestra la condición humana en su desnudez y en sus determinaciones exógenas, en sus cobardías y valentías diarias. Pero claramente también nos muestra como agonistas mediante las virtudes vitales o fuerzas heroicas que destacaría el estoicismo del pueblo: sabiduría, templanza, justicia y coraje.
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